
La vida se nos puso patas para arriba
de la noche a la mañana, y quisiera que sepan por qué. Son protagonistas de un
momento histórico para el planeta; y estoy segura, qué el día de mañana le
contarán esta experiencia a mis nietos.
En Argentina estábamos en plena
temporada de verano cuando se empezaba a escuchar en algunos medios que China
atravesaba una crisis sanitaria producto de la ingesta de un murciélago. Sí, un
murciélago. Pero entre la playa, la pileta y las vacaciones ni se nos ocurría
pensar que eso podría llegar a afectarnos.
El verano llegaba a su fin y comenzaron
las clases. Rafa tu última salita del jardín y para vos Marga, la primera. ¡Qué
ilusión me daba que compartieran ese año! Año que terminaron compartieron en
casa. Porque ya durante los primeros días de marzo en los medios y redes
sociales nos aconsejaban que nos quedáramos en casa. (Un slogan un
tanto simpático teniendo en cuenta el escenario posterior). Fue el 11 de marzo
de 2020, cuando la Organización Mundial de la Salud declara al coronavirus como
pandemia. Y ahí sí, la vida se detuvo. Para ustedes, para nosotros, y para el
resto de la humanidad.
Acorde a nuestra idiosincrasia
argentina, al principio la subestimamos un poco. Ya van a aprender que a veces
los adultos, por negación o mecanismo de defensa, elegimos pensar que las cosas
nunca van a ocurrirnos a nosotros. Era más sencillo creer que el coronavirus
era muy lejano aún. Parecía ciencia ficción que un virus pudiera estar
afectando al mundo entero. Pero llegó el primer caso a nuestro país y luego el
segundo, y el tercero… y las fichas comenzaron a caer como en un casino. Y sólo
nueve días más tarde, el 20 de marzo, el presidente Alberto Fernández declara
el aislamiento social obligatorio por quince días. En palabras sencillas,
debíamos quedarnos en casa, los cuatro juntos sin salir a trabajar, ni al jardín,
ni a la plaza, sólo a comprar comida. No sonaba tan mal.
Pero pasaron esos primeros quince días,
y se agregaron semanas, meses y la situación solo empeoraba. En la televisión empezaron
a contabilizar las muertes y entonces todo se tiñó de dolor. Porque detrás de
cada número en la pantalla, había una familia sufriendo. Una familia que,
además, en contexto de pandemia ni siquiera podía despedir a su ser querido
como hubieran deseado.
Durante estos meses en casa aprendimos
de barbijos, ahora bautizados tapa boca. Rápidamente surgieron todos los
modelos: lisos, estampados, ajustados, flojos, cancheros, ridículos. Para todos
los gustos. También incorporamos la lavandina y el alcohol como principales
fragancias domésticas. Escuchamos infinidad de infectólogos dando clases
magistrales sobre “cómo encarar una pandemia” y nos volvimos expertos en
estadísticas.
El mayor deseo de un ciudadano común dejó
de ser ganarse la lotería, sino ser “asintomático”. Termino que se escuchó cada
noche en los noticieros argentinos, junto a muchos otros como “inmunidad del
rebaño”, “cepa”, “Universidad de Oxford”, “Tecnópolis”,
“lavate las manos”, “¿en qué fase estamos?” y muchos más que
aprendimos durante estos largos meses.
Los médicos, enfermeras y todo el
personal de salud se convirtieron en los héroes absolutos de esta situación.
Cada noche, recibían un aplauso desde todas las casas del país. Aplauso que sólo
tenía como objetivo decirles GRACIAS. Gracias por cuidarnos desde la trinchera
más peligrosa.
Al igual que ustedes, todos los niños
del mundo abandonaron las aulas y las maestras tuvieron que aprender a
desenvolverse frente a una cámara. Las fiestas de cumpleaños se volvieron
virtuales y los abrazos emoticones. Ir al supermercado pasó a ser una aventura
de alto riesgo y los “runners” (termino que define a aquel que disfruta
de correr) llenaron las tapas de los diarios durante semanas, exigiendo su
libertad para hacer deporte.
Familias enteras, como la nuestra, quedaron
separadas por kilómetros o por pocas cuadras. No importaba la distancia, la
cuestión es que dejamos de reunirnos, de visitarnos, de abrazarnos. Y el
corazón de miles de abuelos se puso en pausa esperando la llegada de sus
nietos.
Desde aquel 11 de marzo, abrimos los
diarios esperando leer la mejor noticia: “tenemos vacuna”. Pero lo cierto es
que ya vamos ocho meses esperando su llegada, el tiempo sigue transcurriendo y
empezamos a planificar una Navidad distinta.
Todos los días me pregunto qué nos dejará
la pandemia, pero sobre todo qué les dejará a ustedes. Qué se robó este año de
encierro, qué aprenderemos de todo este caos, qué secuelas nos dejará en el
cuerpo y en el alma. Qué habremos valorado más cuando todo esto termine.
Sin duda no seremos los mismos, y ahí
estaremos con papá sosteniéndolos como siempre de la mano y enfrentando lo que
sea, juntos. Siempre juntos.
Los amo,
Mamá.


