Tiene una paciencia infinita (más que la mía sin dudas). Jamás desde que nació Margarita se quejó por un llanto (y han habido MUCHOS, hasta viajes completos a Buenos Aires escuchándola llorar y el en silencio). Aprendió con mucha madurez que a veces le toca esperar, porque ya no es la ÚNICA prioridad de mamá y papá. Es un hermano súper divertido (los genes de Papá son fuertes). Ama hacerla reír y debo confesar que tiene mucho éxito. Ella lo mira embelesada y a veces se ríe a carcajadas. Pero si no se llega a reír, digamos que es de frustración rápida. Muere porque aprenda a decir “Rafa” aunque ya la anticipe que la R es de las letras más difíciles. Que por ahora se conforme con el”Ca-Ca” (si, pobre, no es el apodo más feliz).
Por supuesto que esto no es siempre Disneylandia. También la pellizca, muchas veces me pide que la deje en el piso y lo alce a él. “Ya se va a dormir Margarita?” Empieza a preguntar tipo 20.30hs (Y yo pienso si será una pregunta o un deseo?). Desde ya que a veces la forma de sacarle un juguete no es la más sutil. Por supuesto que la ha hecho caer más de una vez. Es normal que no sea cuidadoso a la hora de “enseñarle a jugar”. Pero me emociona tanto verlos juntos.
A veces me abstraigo de esa situación y los observo, en silencio a unos metros. La vida fue tan generosa conmigo. Quizás no soy lo suficientemente agradecida. Estamos cansados. A veces aturdidos y muertos de sueño. Pero cuánto amor nos rodea

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